Pirámide de los seres vivos (1509) de Charles de Bovelles, muestra a las especies vivas y no vivas ordenadas de forma ascendente. Siendo el hombre el que posee la facultad del entendimiento (intelligit).
Publicado el 18 de febrero de 2026
Hace unos días estaba viendo un video en cámara rápida que mostraba cómo se movían las plantas a lo largo del día y me pareció increíble que nuestra escala de tiempo sea tan distinta a la de ellas. Veo las plantas que tengo en mi casa y me doy cuenta que nunca las veo distintas. Siempre están en la misma posición, quietas en sus macetas de barro, pacientes, cada una al lado de la otra en el balcón, esperando que les llegue su fuente energética vital: el sol.
Entonces me sumergí en la búsqueda de saber el por qué y descubrí que las plantas tienen ciertos sensores y receptores que les permiten percibir los estímulos externos. Con ellos detectan señales luminosas, térmicas y gravitacionales de su ambiente, generando una respuesta a cada uno de estos acontecimientos (ya sean de origen natural o artificial). Gracias a esta capacidad de registrar señales del entorno, de elaborar la información obtenida y calcular las soluciones más adecuadas para ellas, se llegó a la conclusión que las plantas tienen un grado de inteligencia mucho más compleja de la que solemos creer. Hay una especie en particular que es la Palma con Zancos, conocida también como palma caminadora. Puede alcanzar más de veinte metros de altura y lo fantástico es que su tronco parece suspendido en el aire. Son sus raíces las que la sostienen y le permiten “caminar”, esto lo hace cuando se siente amenazada por especies competidoras y lo que hace es producir nuevas raíces en la dirección hacia donde quieren ir, mientras abandona otras. Cuando leí esto, automáticamente se me vino la imagen de los Ents de Tolkien, caminando lentísimo, a su propio ritmo, pero con pasos firmes y seguros de hacia donde estaban yendo.
Pirámide de los seres vivos (1509) de Charles de Bovelles, muestra a las especies vivas y no vivas ordenadas de forma ascendente. Siendo el hombre el que posee la facultad del entendimiento (intelligit).
Siento que vivimos en épocas demasiado aceleradas y lejanas a los ritmos de las plantas. Nos movemos en direcciones encapsuladas, alejadas de la (nuestra) realidad, traccionadas por la incertidumbre y las no-certezas que, en sus distintas capas, están envolviendo nuestro mundo. Todo parece no ser suficiente, siempre queda algo más en nuestra lista de quehaceres, siempre queda algo más para autosuperarnos (o autoexplotarnos) y nuestra era excede de posibilidades porque todo depende de nosotros mismos; quizás se podría leer como una falsa libertad. Creo que el tiempo que está manejando nuestra sociedad es el que nos está llevando hacia la saturación física, mental y emocional. Es el famoso “burnout”, donde nuestra atención se tiene que ramificar entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos, rindiendo en un esfuerzo extrahumano –casi maquínico-robótico, como de esas películas distópicas y futurísticas–: Blade Runner o Ex Machina son las que se me vienen a la mente primero.
Hace poco me di cuenta que acabamos de pasar el primer cuarto de siglo de este milenio… y todo lo que ocurrió en este tiempo fue tan radical, todo lo que se construyó, lo que se destruyó, lo que se reformuló, lo que vino y lo que se fue. Las ciudades cambiaron, la tecnología empezó a estar cada vez más presente en nuestras vidas y, sin darnos cuenta, hoy nuestras relaciones se desarrollan en gran parte a través de la virtualidad. Últimamente pienso mucho en esto, en que la construcción de nuestros vínculos con las demás personas se volvieron un sistema de reglas y nuestras comunicaciones se transformaron casi en un sistema binario. Tenemos que saber cuándo escribir, cuándo responder (y qué responder), cuánto tiempo dejar pasar antes de hacerlo, cuándo dar likes y cuándo comentar. Estratégicamente generamos y moldeamos nuestras relaciones afectivas, pero el problema es que cada vez lo hacemos más desde visiones espejadas, narciso-individualistas y performáticas. Siento que, poco a poco, estamos perdiendo una parte esencial nuestra, de relacionarnos en persona, de ir hacia afuera, salir por un rato hacia la naturaleza –no la naturaleza como tal sino como un espacio comunitario, despersonalizado en el sentido de que existe por fuera de nuestro espacio virtual-hogar– y de charlar distendidamente, sin ese sistema de reglas que nos transforma en ajedrecistas…
[ŚŪ] (2025) por Ni Petrov.
En los últimos cincuenta años se han realizado investigaciones y descubrimientos sobre las plantas que nos invitan a observarlas con mucha más atención (y cariño). Gracias a los receptores y sensores que mencioné anteriormente, los cuales no solo les sirven para orientarse en su entorno, sino también para interactuar con otros organismos vegetales y animales, hoy sabemos que las plantas pueden reconocerse entre individuos de su misma especie. Una forma muy concreta (y, para mí, bastante poética) de percibir esto es simplemente levantar nuestra mirada hacia lo alto de los árboles y observar ciertos patrones de “huecos”, como rompecabezas aireosos entre sus copas. Aunque no se conoce con certeza la causa de este fenómeno, hay una teoría que va en sintonía con estas reflexiones: los árboles pueden detectar los niveles de luz y la presencia del follaje de otras de su misma especie; por lo tanto, regulan su crecimiento para mantenerse fuera del espacio de las demás. Algo así como una regulación espacial colectiva y respetuosa. Esto refuerza la evidencia de lo que se conoce como inteligencia de enjambre, es decir, que no se comportan únicamente como individuos aislados, sino como una multiplicidad que manifesta dinámicas y comportamientos grupales.
Pienso en lo fascinantes que son las plantas entre ellas, conviviendo en comunidad, en redes vegetales, e inevitablemente lo comparo con nuestro sentimiento de soledad colectiva, con la fragmentación social que atraviesa nuestros días y desde donde afloran nuestros ánimos encrucijados.
A pesar de esos ánimos, me sentí en sintonía con la idea que Donna Haraway plantea sobre el concepto de Chthuluceno, una idea en la que la respons-habilidad hacia y con los seres vivos se vuelve necesaria para habitar nuestro mundo, que se encuentra en tiempos perturbadores y confusos –la era del antropoceno–. Dentro de este marco aparece la noción del pensamiento tentacular multiespecie: enhebrando, enredando y trabajando alrededor de diversas maneras de pensar; una forma de ver y cuidar nuestro mundo y otros mundos, reconectando con todo aquello que fue dejado de lado o puesto por debajo de la especie humana, más precisamente, de la figura de El Hombre.
Ilustraciones extraídas de Kunstformen der Natur (1899) de Ernst Haeckel, cortesía del Bibliographisches Institut, Leipzig.
En este contexto, la respons-habilidad funciona como una antítesis al accionar desconectado y solitario del Hombre creador, implica estar verdaderamente presentes y conscientes de todos los tiempos (pasado, presente y futuro), de todos los lugares, de todos los bichos… y, agregaría, de todas las plantas. Siguiendo el pensamiento tentacular, Haraway trae la noción propuesta por Lynn Margulis de simbiogénesis: que es la idea de que los seres vivos no evolucionan solos, sino a partir de vivir y colaborar durante mucho tiempo entre diferentes especies, se terminan por formar nuevas unidades biológicas (nuevos tejidos, órganos, organismos) e incluso especies.
La relación entre estas ideas que ella propone, nos invita a pensar que necesitamos de especies no humanas para vivir, de muchas otras formas de vida... Nuestra existencia florece de la interdependencia con especies vegetales, animales y microbianas, con los elementos químicos de la Tierra, los minerales, el agua, el sol, las estrellas, los procesos planetarios y cósmicos que están presentes acá y ahora.
¿Qué podemos hacer con nuestro deseo de construir algo sólido en un mundo líquido y distante? Quizás podríamos probar movernos en tiempos más lentos, enraizados… casi vegetales. Creo que las plantas, con sus movimientos sutiles y perceptivos, nos ofrecen una alternativa a nuestras formas de habitar, profundamente entrelazada en la presencia, la interdependencia y la sensibilidad.
[Todo podría estar bien en el futuro, no lo sé] de autoría desconocida.
Referencias
Sotelo, A. A. (2015). El Movimiento de las Plantas-: Tropismos y Nastias. PhD diss., Central European University.
Cassab, G. I., & Sánchez, Y. (2006). Diferenciación y crecimiento diferencial: la capacidad motriz de las plantas. Fisiología vegetal, 1-26.
Haraway, D. J. (2019). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno (H. Torres, Trad.). Consonni.
Mancuso, S., Viola, A., & López, D. P. (2015). Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Ed. Herder.
Ni Petrov [ŚŪ] (2025)